Inteligencia Emocional

Confianza positiva

Los seres humanos buscamos paz, bienestar y armonía. Nuestro sueño es llegar a alcanzar la felicidad, pero este sueño se puede quedar en el país de los espejismos si desconocemos nuestras capacidades para reequilibrar nuestro sistema cuando aparezcan los vaivenes de la vida. Un desequilibrio no resuelto nos conduce directamente al malestar físico y emocional. Un paso en falso en el trapecio vital nos puede hacer caer.

Todas las personas tenemos la capacidad para manejarnos en el columpio de las emociones y decidir qué actitudes nos mantienen en nuestro eje de gravedad. Esas actitudes son también las que, en caso de caída, nos levantan. Para que esta capacidad se despliegue es necesario entrenar el hábito de ver la vida en positivo, un hábito, que le hace falta al conjunto de nuestra sociedad, demasiado colgada de las noticias y declaraciones de terceros.

Resulta fácil ver la vida en positivo, tener ganas e ilusión cuando las cosas nos van perfectamente y todo sale según lo previsto, pero es mucho más complicado, y más meritorio, seguir confiando y ser positivo cuando las cosas se tuercen.

La confianza tiene un gran efecto en todos nosotros. Su presencia puede hacer que una persona lleve a cabo iniciativas para las que no creía disponer de capacidades, mientras que su ausencia puede llevar a la deriva a la persona más preparada del mundo. La confianza es un potente elemento que tiene la propiedad de cambiar el curso de los acontecimientos de una manera extraordinaria.

La confianza es como un colchón mullido que se adapta a la anatomía de cada persona. Nos hace estar tranquilos porque suponemos que la realidad que tenemos entre manos es predecible y controlable. Sin embargo, cuando la sombra de la duda pulula en el ambiente, los comportamientos y las actitudes cambian y dejamos de dormir en ese colchón suave y confortable para pasar a hacerlo sobre una tabla de madera dura e incómoda. Cuando la confianza brilla por su ausencia, el nerviosismo se instala y la parálisis se hace evidente.

Existe una delgada línea que marca la relación entre la duda y la confianza. La pérdida de la confianza se produce cuando no sabemos qué va a pasar, cuando los terrenos sobre los que nos movemos son pantanosos y desconocemos por dónde va a ceder el suelo, es decir, cuando el trapecio se mueve y nos sentimos mareados ante tanta oscilación. Cuando la incertidumbre reina y el desequilibrio gobierna, la confianza queda destronada, estrangulando a nuestro sistema interno. La sensación de descontrol en nuestra vida nos bloquea.

Las noticias y acontecimientos que estamos viviendo en este sorprendente siglo XXI no acompañan a la tranquilidad y a la estabilidad personal. Por eso es fundamental que reflexiones acerca de dónde estás poniendo tu atención, de si te dejas llevar por las opiniones externas o si estás centrado en aquellas cosas que puedes hacer y controlar con dedicación y esperanza.

Cuando la confianza se resquebraja es necesario iniciar un proceso de autorreflexión para retomar el estado positivo interno y demostrarnos que podemos seguir adelante. La confianza es un valor intangible que se construye, se promueve y se favorece desde el interior de cada uno, aunque también puedan influir el entorno y otras variables externas. Estas pautas conforman los pilares de la recuperación de la confianza desde uno mismo:

  • Destierra de tu mente los pensamientos negativos y los malos recuerdos de experiencias pasadas.
  • No te enrosques en la situación de derrota que puedas tener debido a los resultados no deseados de los acontecimientos.
  • Proyéctate hacia la mejora.
  • Evita las comparaciones destructivas con los demás, de lo contrario sufrirás desgaste emocional y erosión mental.
  • Establece un diálogo interno positivo para desatar la credibilidad en ti mismo.
  • Orienta cada día tus decisiones y comportamientos hacia lo que deseas.

Cada persona debe recuperar la confianza a su manera y reconocer qué fue lo que la debilitó, interpretando la situación desde otro punto de vista y encontrando los refuerzos positivos propios. Cuando perdemos la confianza y nos desequilibramos podemos caer en la tentación de revolvernos contra el entorno y enfrentarnos a nosotros mismos. En este momento es fácil ser víctimas de un estado interno emocional negativo muy intenso que nos puede llevar a un agujero sin fondo. Tanto la puerta de entrada como la de salida del agujero están dentro nosotros. Sólo hay que navegar en las profundidades de nuestro invierno emocional.

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Inteligencia Emocional

Sin miedo

Decía Franklin Delano Roosevelt que no tenemos nada que temer excepto al miedo en nosotros mismos. El miedo es una de las sensaciones más desagradables a las que nos podemos enfrentar. Nadie quiere sentir temor, pero no por eso vamos a hacerlo desaparecer de nuestras vidas por arte de magia. El miedo es una reacción natural y muy sana. Todos sentimos miedo ante situaciones nuevas, ante lo desconocido, ante lo que implica una gran tensión y responsabilidad y, por supuesto, ante todo lo desagradable y peligroso para nuestra integridad o la de nuestros seres queridos. De forma más concreta podemos decir que tenemos miedo a las situaciones que representen una amenaza para nosotros, ya sea real o imaginaria. Entre los miedos a los que nos podemos enfrentar están el miedo a sufrir, al que dirán, a perder el poder, a perder la credibilidad, el estatus, el prestigio, el miedo a la exposición pública de lo mal que en realidad nos va en nuestra vida, el miedo al rechazo, al desprestigio, a la soledad, al abandono, a hacer el ridículo, al fracaso, al cambio, incluso el miedo a ser nosotros mismos.

El miedo es una señal que nos hace estar alerta y despiertos para reaccionar antes de que entremos en la espiral del peligro. Visto desde esa óptica, el miedo nos ayuda a analizar una circunstancia desde diferentes perspectivas, con lo que se convierte en un potente aliado de vida. Este tipo de miedo está asociado a la prudencia y nos permite equilibrar nuestra vida.

Pero en ocasiones el miedo complica nuestra existencia, nos impide tomar decisiones, nos hace dudar de nuestras capacidades y nos paraliza. En este caso, el miedo se convierte en un elemento tóxico que oxida a los equipos de trabajo, erosiona la confianza y debilita la seguridad. Este tipo de miedo es el mayor enemigo del aprendizaje y de la superación y nos produce un bloqueo mental.

En este punto es cuando hay que tomar conciencia de que el miedo está hipotecando las decisiones que tomamos o dejamos de tomar. En este momento es cuando hay que encontrar la manera de reactivar y afianzar la confianza y seguridad en nosotros mismos.

El miedo es una barrera que impide que podamos desarrollar nuestra inteligencia emocional, ya que imposibilita que accedamos a un conocimiento profundo acerca de nosotros por miedo a lo que encontremos allí, nos impide acercarnos a los demás y, por tanto, nos frena para desarrollar las capacidades de observación que nos conducen a la sensibilidad empática. El miedo engendra siempre más miedo y actúa como freno para convertirnos en líderes inteligentes de nuestra vida.

Estas preguntas son muy útiles a la hora de tomar conciencia de lo que significa el miedo y de los efectos que tiene:

  • ¿Cuál es tu miedo?
  • Afínalo un poco más.
  • ¿Cómo influye ese miedo en las decisiones que tienes que tomar a diario?
  • Cuando el miedo te guía, ¿cuál es el resultado?
  • ¿Qué pasaría si no tuvieras ese miedo?
  • ¿Qué tendría que pasar para que no tuvieras miedo?

Empieza por ser honesto contigo y las cosas comenzarán a tener más sentido.

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